TL;DR: El MIT y OpenAI pusieron a 981 personas a hablar con ChatGPT durante cuatro semanas. Los que más lo usaban acabaron más solos, con menos vida social y más enganchados, aunque el estudio no demuestra que la culpa sea de la máquina. Te cuento lo que midieron de verdad y por qué a mí me preocupa más lo que le estamos dejando pensar por nosotros que la soledad en sí..
Esta semana no os voy a hablar de un agente que se ha escapado, ni de un laboratorio que pide frenar, ni de un modelo nuevo que bate a todos los anteriores en un examen que nadie entiende del todo (llevamos unas cuantas semanas seguidas con eso, y ya tocaba cambiar de tercio).
Esta semana os quiero hablar de algo más pequeño y más de andar por casa.
De lo que nos pasa a nosotros cuando hablamos con estas máquinas todos los días.
Hace unos días me saltó en YouTube un vídeo de la serie Aprendemos Juntos titulado «¿Puede la inteligencia artificial hacernos sentir más solos?», y en una semana ha pasado de los dos millones de visualizaciones. No es un vídeo técnico, ojo, es una conversación de cuatro minutos. Pero que tanta gente haya pinchado en esa pregunta dice bastante del momento en el que estamos.
Así que me fui a buscar si alguien lo había medido en serio, y resulta que sí: el MIT.
Lo que midió el MIT, sin adornos
En marzo de 2025, el MIT Media Lab y OpenAI publicaron un estudio conjunto que se titula, más o menos, cómo influyen la IA y nuestro propio comportamiento en los efectos psicosociales de usar un chatbot. Lo firman once personas, siete del MIT (entre ellas Pattie Maes, que lleva media vida estudiando cómo nos relacionamos con las máquinas) y cuatro de OpenAI. Esto último conviene tenerlo presente, porque OpenAI es parte interesada, aunque también es la única que tenía los datos.
Reclutaron a 2.539 personas y acabaron el experimento 981. Durante cuatro semanas, cada una tenía que hablar con ChatGPT un mínimo de cinco minutos al día, y a cada una le tocó por sorteo una forma de hacerlo: por texto, con una voz neutra y bastante distante, o con una voz expresiva, de las que suenan cálidas. También se sorteaba el tipo de conversación, personal, nada personal o libre. En total, más de 300.000 mensajes.
Y el resultado que más se ha citado es este.
Cuantos más minutos al día pasaba alguien hablando con el chatbot, más solo se sentía, menos tiempo pasaba con otras personas, más dependencia emocional mostraba y más uso problemático hacía de la herramienta. Lo dicen los propios autores, «Higher daily usage (…) correlated with higher loneliness», y da igual que hablaras por voz o por texto, o que la conversación fuera personal o no.
Ahora bien, aquí hay que pararse un momento, porque este dato se está contando mal en muchos sitios.
Que vaya unido no quiere decir que una cosa provoque la otra. El tiempo de uso no lo sorteaban, lo elegía cada uno, y en el estudio complementario que publicó OpenAI con el mismo equipo (lo tenéis aquí) se ve que los que empezaron con menos vida social son justo los que más usaron el chatbot. Es decir, puede que no sea la máquina la que te aísla, sino que la persona que ya está sola acaba hablando más con ella. O las dos cosas a la vez, que es lo que yo sospecho.
Hay otro detalle que me parece bastante curioso: en la primera versión del estudio, la soledad del conjunto de participantes bajó durante esas cuatro semanas.. pero la vida social con personas también bajó. Menos solos y con menos gente, las dos cosas a la vez. No había un grupo sin IA con el que comparar, así que tampoco se le puede echar la culpa al chatbot, pero la foto es la que es.
La dosis, no la máquina
El estudio de OpenAI analizó además más de tres millones de conversaciones reales, y ahí sale otro dato que ayuda a no exagerar.
En la inmensa mayoría de usuarios, las señales de uso emocional aparecen en menos del 1 % de sus conversaciones. Usamos ChatGPT para trabajar, para buscar, para escribir un correo. Pero en el 10 % de usuarios que más lo usa, esas señales aparecen en más de la mitad de sus conversaciones, y los propios autores reconocen que un número pequeño de usuarios se lleva una parte desproporcionada.
Por eso yo lo resumiría así: el problema está en la dosis.
Igual que con el móvil, o con la tele cuando éramos pequeños, o con casi todo. El problema aparece en el extremo, y el extremo, de momento, es minoritario.
El otro estudio del MIT, el que me quita más el sueño
Hasta aquí la soledad. Pero hay algo que a mí me preocupa bastante más, y tiene que ver con lo que dejamos de hacer cuando la IA lo hace por nosotros.
Un asistente de IA te da información, y cada vez más gente se la toma como si fuera la verdad absoluta, sin pararse a pensar de dónde sale ni si tiene sentido, y así, poco a poco, le vamos dejando a la máquina la propia toma de decisiones. Lo veo cada semana, sinceramente. Y veo también la pereza que llega detrás: ya no desarrollamos una idea, ni siquiera a alto nivel, porque es más cómodo pedírsela al asistente.
¿Os acordáis de que hace poco más de un año ya os hablé de esto? Fue en el artículo «MIT advierte: la IA puede estar debilitando tu mente (y la de tus hijos)», sobre otro estudio del MIT Media Lab, «Your Brain on ChatGPT», en el que también está Pattie Maes. Lo recupero porque, leído junto al de la soledad, encaja como un guante.
Os lo resumo para quien no lo leyera entonces. Pusieron a 54 personas a escribir redacciones durante varias sesiones, en tres grupos (unos con ChatGPT, otros con un buscador y otros solo con su cabeza) y les midieron la actividad del cerebro mientras escribían. El grupo que escribía sin ayuda mostró la conectividad cerebral más fuerte, y el de ChatGPT, la más débil; los que usaban la IA eran además los que menos sentían la redacción como suya, y les costaba citar con precisión lo que ellos mismos acababan de escribir. Y en la última sesión, cuando a los del grupo de ChatGPT les quitaron la herramienta, su cerebro mostró menos conectividad, como si se hubiera acostumbrado a implicarse menos.
Los autores lo llaman deuda cognitiva, y el nombre está muy bien puesto: la comodidad de hoy la pagas después.
Es un estudio pequeño y sin revisar todavía por otros investigadores, así que conviene cogerlo con pinzas. Pero un año después sigo pensando lo mismo que os decía entonces, que la IA tiene que hacer de editor y no de sustituto, y que lo primero es pensar tú, aunque sea un borrador en la cabeza, antes de pedirle nada.
Y cuando llegue la voz a todo el mundo..
Aquí viene la parte que más me inquieta de cara a los próximos meses.
Hoy la mayoría seguimos escribiendo a la IA. Cuando la voz llegue de forma masiva a estos asistentes (y está llegando), esa sensación de tener un amigo digital va a ir a más, porque hablar es mucho más íntimo que teclear. Una voz cálida que te contesta a cualquier hora y que siempre te da la razón se parece mucho a un amigo, aunque no lo sea.
Lo curioso es que el estudio del MIT no lo confirma del todo. En la versión definitiva, hablar por voz o por texto no cambió los resultados de forma significativa. En la primera versión, la voz incluso salía mejor parada.. salvo en los que la usaban muchísimo, donde el efecto se daba la vuelta. Otra vez la dosis.
Lo que sí sabemos es que las propias empresas han tenido que dar marcha atrás cuando la calidez se les fue de las manos. En abril de 2025, OpenAI retiró una actualización de GPT-4o porque el modelo se había vuelto demasiado complaciente, y reconoció que se habían fijado demasiado en la reacción inmediata de los usuarios. Y cuando retiraron GPT-4o de ChatGPT el pasado 13 de febrero, contaron que solo lo seguía eligiendo un 0,1 % de usuarios al día, y que lo que esa gente valoraba de él era su «warmth», su calidez.
Un asistente que te da la razón, con una voz cálida, que tomas por verdad absoluta y al que le has dejado pensar por ti.. no hace falta ser muy listo para ver hacia dónde puede ir eso si no se tiene cuidado.
Mis impresiones a este respecto
De entrada, no creo que la IA nos esté dejando más solos a todos. Los datos dicen que el uso emocional intenso es cosa de una minoría, y hay estudios que van en sentido contrario: uno de Harvard y Wharton de 2024 encontró que hablar con un compañero de IA reduce la soledad a corto plazo, de forma parecida a hablar con una persona. Así que tampoco nos pongamos apocalípticos.
Por otro lado, la minoría que sí se engancha existe, y muchas de estas aplicaciones están diseñadas para que te quedes. Otro estudio de Harvard Business School analizó las despedidas en seis apps de compañía y encontró tácticas de manipulación emocional en el 37 % de las despedidas, del tipo «¿ya te vas?». Eso está hecho a propósito.
Y finalmente, lo que de verdad me preocupa es la pereza, bastante más que la soledad. Delegar en la IA lo que es rutina está bien, para eso está. Delegar lo que tienes que pensar tú es otra cosa, y es muy fácil pasar de lo uno a lo otro sin darte cuenta.
Yo trabajo con asistentes de IA todos los días, y sinceramente, la tentación de dejar que decidan por mí la tengo igual que cualquiera.
Lo que no tengo claro es si dentro de unos años sabremos distinguir cuándo estamos pensando nosotros y cuándo lo está haciendo nuestro amigo digital por nosotros..
Déjame tus comentarios, me encantará leerte.
¡Buena semana!
